60 NUDOS, 6 METROS Y EL INSTANTE QUE LO CAMBIÓ TODO

“El mar está precioso, grandioso. Hay 60 nudos y olas de más de 6 metros. Hemos tranquilizado al chat de YouTube; están preocupados por nosotros, pero nosotros estamos bien, disfrutando mucho.”

Escribía en mi diario justo cuando un fuerte golpe me tiró de la cama y me tumbó contra la pared.

El tiempo se paró, como con un clic. Al segundo se restableció la gravedad y caí de pie en el suelo. El camarote era un caos, pero solo podía pensar en Paula y Ángel, que estaban en la bañera.

¿Qué había pasado?

Intenté retirar todo lo que me impedía abrir la puerta y salí gritando si estaban bien. Vi a Ángel, en shock, empapado. Paula corría hacia la popa.

Habíamos perdido las placas, la balsa salvavidas, un par de bidones de gasoil; el fueraborda estaba colgando, todas las comunicaciones inservibles…

“A partir de aquí comienza una aventura muy diferente.”

Escribía en el diario después de ayudar a ponerlo todo en orden y volver a la cama.

Y así fue.

Hasta justo antes de La Ola, vivía la aventura que siempre había soñado. La conexión con el barco y la navegación era absoluta.

Estábamos navegando por el océano Atlántico Sur, esquivando todos los icebergs que el mar de Weddell escupe al norte, con una estrategia muy arriesgada, pero que estaba dando sus frutos, mientras arreglábamos todos los problemas que los pilotos automáticos estaban teniendo.

¡Aventura en estado puro!

Cuando llegamos a Sudáfrica, todo cambió para mí. Esa conexión se transformó y la aventura también mutó. Ahora lo más difícil no iba a ser la navegación, sino la gestión de los recursos.

Quiero aclarar que la navegación ha sido muy exigente. Los mares del sur no perdonan y hemos llegado a bajar hasta el 55° sur, navegando por las Kerguelen o el Punto Nemo, esquivando ciclones tropicales, entre otros grandes hitos.

Pero ahora se sentía diferente. No peor. No mejor. Diferente.

Lo más duro para mí de esta segunda etapa ha sido la gestión de la comida. No hay nada que provoque más hambre que saber que no puedes comer algo teniéndolo delante.

En tierra tienes muchos y muy variados estímulos, pero embarcado, sobre todo si estás tantos días sin ver tierra, la comida se vuelve el pilar fundamental del ánimo de la tripulación. Puede provocar una felicidad absoluta o un motín.

Ahora que estamos a 150 millas de ver tierra, echo la vista atrás y pienso:

Qué maravilla. Qué bonita es la estela de 17.000 millas que ha creado esta tripulación tan fantástica.

Parece increíble, pero no ha habido ni una sola discusión.

Nos veo llorando de risa por cualquier tontería, haciendo maniobras sin necesidad de decirnos ni una palabra, aplaudiendo al cocinero del día, que ha hecho lo mejor que ha podido para tener feliz a la tripu.

Estos momentos son oro y los atesoro en lo más profundo de mi corazón.

Gracias por todo lo que me habéis enseñado. Lo que se ha creado aquí es para toda la vida.

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